Cada día se ven más cuentos infantiles que se presentan con apellidos de: «para la gestión de… esto o lo otro» Rabietas, pérdidas de seres queridos, control de emociones, dejar el pañal, etc… Antes de seguir, quiero dejar claro que esto no es una critica. Es una reflexión para abrir debate.
Los cuentos son y siempre han sido utilizados para transmitir conocimientos y cultura en los peques y como un instrumento perfecto para atajar ciertas situaciones. Lo que me parece interesante comentar es la forma con la que en ocasiones enfocamos los cuentos infantiles para transmitir esas experiencias con situaciones excesivamente forzadas o incluso algunas con un mensaje más dirigido a los adultos que a los propios niños.
«Los cuentos son y siempre han sido utilizados para transmitir conocimientos«

En algunos casos, llama la atención esa idea de querer ayudar a l@s niñ@s mediante la creación de «manuales de gestión».
Si dejamos al volante nuestra parte racional que quiere transmitir una ayuda, puede absorber nuestra parte creativa y olvidarnos de hacer algo verdaderamente imaginativo, podemos obtener un texto seguramente muy útil, sí, pero puede que olvidemos que es para niñ@s, para que lo lean ell@s.
No deberíamos perder la esencia principal, que es crear una buena historia, divertida, interesante y que atraiga a l@s niñ@s. Al fin y al cabo se trata de fomentar la lectura. Con esto no digo que sea imposible combinar ambas cosas. Pero que es muy complicado y hay que estar atentos. Esto recuerda al enigma del huevo y la gallina.
¿Qué fue antes el huevo o la gallina?
Pues eso. Te pones a escribir la historia y ¿cómo empiezas? ¿con el huevo o con la gallina?. Si queremos abordar un tema y lo decoramos con una historia podemos caer en un resultado muy forzado que a los adultos puede resultar muy útil pero que los niños pues…quizá ni entiendan. En nuestro caso, suele saltar la chispa con anécdotas o incluso experiencias de nuestros hijos y, a través de ellas, crear una historia para que l@s niñ@s desarrollen, busquen y piensen.
De toda buena historia se aprenden cosas sin tener que ser extremadamente explícito. Y si se quedan con dudas y hay que explicar algo, pues se les ayuda a reflexionar. Gesto de que es una buena historia. Nuestro cuento de «Esa pipa era mía» es un claro ejemplo. Siempre abre debate y cuantos más niñ@s hay, mejor.
Así que…gallinas al campo y que pongan huevos ellas solas.
Por ejemplo, normalmente, para aprender vocabulario no hace falta leerse un diccionario. Simplemente leyendo los carteles por la calle ya se aprende vocabulario y además es bastante más divertido. Por supuesto no quita la maravillosa herramienta que es un diccionario. Es una herramienta pero no una historia.

Creemos que escribir para niños debe ser así, pensar en carteles y menos en diccionarios. Es más, cuanto menos te preocupas en crear un «producto» y más te dejas llevar por la imaginación, más alocadas son las historias y para ell@s más entretenidas.
El cuento en sí, no debe ser una explicación de cómo hacer las cosas o como sentirse. Tiene que ser una invitación o empujón a pensar cómo hacerlas. Y en ese momento de reflexión, ayudarles si lo necesitan.
«Un cuento no debe ser una explicación de cómo hacer las cosas»
Si lo piensas no somos tan diferentes. Cuando los adultos elegimos un libro para leer, normalmente buscamos una buena historia, entretenida y con una temática que nos interese. Por supuesto aprenderemos cosas que nos transmitirá la historia pero por norma general no elegiremos para entretenernos un libro de texto si no que buscaremos un tipo de lectura que nos llame la atención. Otra cosa es que queramos hacer un curso o queramos aprender algo concreto que no es el caso de esta reflexión.
¿Por qué l@s niñ@s van a ser diferentes? L@s niñ@s quieren historias entretenidas y divertidas que les enganche a través de la curiosidad. Los valores se irán adquiriendo a través de los personajes o la propia trama del cuento porque una simple historia puede hacer reflexionar o hacer comprender más que una explicación directa o forzada que les puede llevar a creer que las cosas son así porque sí.
Lo que nos gusta a nosotr@s no tiene por qué ser lo que les gusta a ell@s
Rara vez nuestras inquietudes como padres son las mismas que las de nuestr@s hij@s. Recuerdo una anécdota en una feria del libro mientras estábamos firmando ejemplares de como un padre le dijo a su hijo «Mira hijo que libro más chulo, para superar los miedos. ¡Es de monstruos!» hablando de nuestro libro «Noche de valientes»

El padre parecía muy emocionado con nuestro libro pero el niño había echado el ojo a un pequeño cuento de cartón sobre un elefante que echaba agua por la trompa.
Tras un rato de insistir el padre con nuestro cuento y darse cuenta que su hijo lo tenía clarísimo, nos miro y nos dijo que no sabía qué hacer (cabe decir que era un poco pequeño para nuestro cuento). Solo había que mirar la cara del peque con su libro del elefante y yo mismo le dije riéndome: «Pues tu hijo lo tiene claro».
Sí, perdimos esa venta pero, ¿y si ese pequeño cuento del elefante fomenta las ganas de leer a ese niño y mañana cuando sea un pelín más mayor se anima con los nuestros? Además, ver al peque tan contento con el libro que él había elegido, me causó tanta satisfacción que he decidido compartirla en este artículo.
Y como digo, de una simple historia se puede aprender mucho, y ese día el padre aprendió, el niño aprendió y nosotros también.
Enrique Martín

